HISTORIA DE LOS TRASLADOS

(Conferencia pronunciada por el Ilmo. Caballero D. Juan Carlos Romero Laredo.

Los números entre paréntesis correspondes a las diapositivas que ilustran la conferencia)

Muere el Cid en Valencia y es enterrado en la Catedral. A este respecto hay que suponer que ese sería su deseo, pues en qué otro lugar iba a querer ser enterrado más que en la ciudad por él conquistada, en la capital de su “reino”. Sin embargo, tres años después, al no poder Alfonso VI sostener los territorios conquistados por el Campeador, se abandona Valencia y, en triste comitiva, es trasladado a Burgos, pasando previamente por Toledo. ¿Por qué no puede Alfonso sostener Valencia? Al avanzar la reconquista el musulmán se repliega, quedando el territorio casi despoblado, por lo que hay que buscar personas de los territorios cristianos que quieran bajar al sur a poblar las nuevas conquistas. Esta acción está limitada por el lento aumento de la población. Para sostener Valencia habría que despoblar parte del territorio cristiano, lo que suponía no poder defenderlo ante un eventual ataque. Continuando con el relato del abandono de Valencia no resulta aventurado asegurar que, al no poder quedar enterrado en ella, el Cid hubiese deseado serlo en S. Pedro de Cardeña. El P. Berganza en su libro “Antigüedades de España” asegura que el Cid dispuso en su testamento ser enterrado en el monasterio, pero no hay prueba alguna de la existencia de ese testamento.

Así, puede asegurarse que quedó enterrado en la iglesia de Cardeña (1) al lado derecho del altar mayor, colocando su cuerpo embalsamado en él, y a ambos lados, pendientes de la pared, colgaron el escudo y la bandera que llevaba en las batallas. No puede darse crédito a lo que afirma el mencionado P. Berganza en el mismo libro, que estuvo el cuerpo del Cid por espacio de diez años sentado en un trono de marfil para ser visto por los que allí acudiesen, y que únicamente decidieron enterrarle cuando se comenzó a deteriorar su nariz.(2,3)

En 1272 Alfonso X manda labrar un sepulcro independiente de piedra, colocándole al lado de la epístola. (4) Constaba de dos piedras talladas, sirviendo la inferior de lucillo, techo sepulcral, y otra de cubierta, figurando escrito a su alrededor estos versos, atribuidos al propio rey Alfonso X: BELLIGER INVICTUS / FAMOSUS MARTE TRIUMPHIS / CLAUDITUR HOC TUMULO / MAGNUS DIDACI RODERICUS / ERA MCXXXVII (1099 en el computo actual). Algo más bajo se construyo, en tumba de madera, el de Jimena.

Permanecieron los restos del Cid en dicho sepulcro hasta 1447 en que, con ocasión del derribo de la iglesia románica para hacerla de nueva planta, gótica, (5) se removieron todos los sepulcros, colocando el de Rodrigo frente a la sacristía, asentado sobre cuatro leones. Es de suponer que durante buena parte de las obras estuviese en algún lugar provisional, pero no se tienen noticias al respecto.

El 14-I-1541 el abad Fr. Lope de Frías a causa de unas obras de reparación y ornato realizadas en la iglesia decide trasladarle junto a la pared del lado del Evangelio para que no entorpeciese los oficios del altar. Pero informado de este traslado el Condestable de Castilla D. Pedro Fernández de Velasco, Duque de Frías, y de común acuerdo con el Ayuntamiento de Burgos, envía una relación de los hechos al emperador Carlos I, solicitando de él un lugar más digno para los restos del Cid y que se pusiera a su lado a su esposa Dª. Jimena. Como consecuencia de esta petición el 8-V-1541 el Cardenal Juan firma la Real Cédula que así lo ordena, la cual es refrendada por D. Pedro de Cobos. Se ordenaba al abad y convento de Cardeña que lo colocasen donde indicaban. El abad expuso algunas razones en contra de este traslado, como que la capilla estaba ocupada por reyes o príncipes patronos del monasterio, no siéndolo el Cid. Aquí hay que señalar que El Cid y su familia ascendente, tanto materna como paterna hicieron numerosas donaciones de tierras y otros bienes a Cardeña. Curiosamente, se conserva testimonio de una y de la que me honro en ser el descubridor del lugar exacto donde se halla la finca donada. El Abad de Cardeña D. Jesús Álvarez en su libro El Cid y Cardeña hablando de la familia materna de Rodrigo Díaz dice que un tío abuelo suyo llamado Nuño Álvarez en unión de su esposa Dª. Goto donan al Abad de Cardeña el pueblo de Santa María de Ríocabia- conservándose el documento original de esta donación. Y sucede que en torno al año 80 del siglo pasado y con ocasión de unas obras que estaba realizando la Diputación de Burgos en una finca recién adquirida aparecen unas piedras con escudos e inscripciones. Un cuñado mío, que a la sazón era el capataz de la finca, manda apartarlas para que yo las vea. Al leer las inscripciones me suena lo que dicen, por lo que consulto el libro antes citado y veo que cita la donación que he descrito, cambiando lo de pueblo por priorato. No es que esto tenga una gran importancia para la historia, pero si para mí porque lo descubrí yo. Pero estas alegaciones no fueron estimadas por el cardenal y, a últimos del mes de Octubre de dicho año, fue sepultado el Cid junto con Jimena en medio de la Capilla Mayor.

El abad D. Fernando Santin manda construir una capilla para enterrar en ella al Cid (6,7,8). Esta capilla esta situada en una prolongación del brazo derecho del crucero. En 1735 se depositan en ella los restos del Cid y Jimena, además de otros personajes del entorno del Campeador, que entre familiares y amigos suman veintiséis. Los sepulcros de Cid y Jimena datan de varias épocas diferentes; cuerpo y urna de la época de Carlos I, lápidas del reinado de Alfonso X y basamento y estatuas del de Felipe V. Están rematadas por sendas estatuas yacentes que se encuentran bastante deterioradas.

Llega la invasión francesa. (9) El 18 de abril de 1808 mueren tres burgaleses a manos de soldados franceses por defender la patria de los invasores. En julio del mismo año se da la batalla de Bailen, favorable a las tropas españolas. La respuesta de Napoleón no se hace esperar y penetra en España al frente de un gran ejército. Después de derrotar a las tropas españolas en Espinosa de los Monteros, el 10-XI-1808 se da en las inmediaciones de Burgos la batalla de Gamonal, favorable a los invasores. Esta batalla figura entre las inscritas en el Arco de Triunfo de Paris. Al día siguiente penetran en Burgos, saquean la ciudad y alrededores, llegando al monasterio de Cardeña, que había sido abandonado por los monjes por el peligro que suponía para ellos la invasión, profanando las sepulturas, desapareciendo de la de El Cid los objetos que la flanqueaban, así como todos los recuerdos cidianos conservados en el convento. Los huesos fueron esparcidos, entremezclados y abandonados en el suelo.

El comisionado de Napoleón para la confiscación y conservación de objetos artísticos e históricos, Vivan Denon, procedió a recoger los restos del Campeador y de Dª Jimena y a depositarlos dentro del sepulcro, hecho que se quiso perpetuar en un cuadro que se conserva en el Museo del Louvre, circunstancia que fue descubierta para el hombre de hoy por nuestro Clavero Ilmo. Sr. D. Cesar San José Seigland, pues nadie había reparado en lo que representaba esa pintura. Este hecho avala que los franceses de esa época admiraban a El Cid, lo cual nos enorgullece. Sin embargo, parte de los huesos fueron posteriormente enviados a Francia, llegando alguno a Alemania, como más tarde se supo.

También al día siguiente de la batalla Napoleón pasa por Burgos y el 4 de diciembre, estando en Chamartín de la Rosa, redacta un decreto por el que ordena reducir a un tercio los monasterios españoles, siendo el de S. Pedro de Cardeña uno de los afectados por esta orden, por lo que quedó despoblado oficialmente, aunque ya lo había sido en la práctica a raíz de la batalla de Gamonal y posterior saqueo por los soldados franceses. Este acto de reducción del número de monasterios fue muy semejante a las futuras desamortizaciones de Mendizábal, por lo que no sería de extrañar que se inspirase en él. Mientras tanto, es nombrado el general francés Conde de Thiebault Gobernador General de Castilla la Vieja. Sabiendo este que el Cid estaba enterrado en Cardeña y, siendo gran admirador de su figura, al que llamaba “El Caballero sin miedo y sin tacha”, decidió enterrarle en Burgos, en un gran mausoleo que se construiría al efecto en el paseo del Espolón. El P. Dom Jesús Álvarez, que fue abad de Cardeña, así, lo relata en su libro “El Cid y Cardeña”: El general francés Conde de Thiebault acompañado del Intendente General, del único monje del monasterio que se hallaba en la ciudad y de otras autoridades se personó en Cardeña el,3 de marzo de 1809, recogió todos los datos y declaraciones posibles, reunió con extrema delicadeza todos los huesos de El Cid y de Dª Jimena y los condujo a su propia morada, dando seguidamente noticia al Rey José de todo lo que había hecho; el ministro, Sr. Aranza le contestó el día 11 dándole su parabién por tan feliz acuerdo. Los restos del Cid y Jimena los deposita, por seguridad, debajo de la cama de su residencia,(10) ubicada en el edificio del Real Consulado del Mar, en el Paseo del Espolón. Este acto de colocar los restos de tan amados y heroicos personajes debajo de una cama no debe ser tomado como un acto de humillación, sino de deseo de protegerlos de todo mal. El monumento se levantó en este mismo paseo, como estaba previsto, en lo que habían sido jardines de la marquesa de Vilueña, y que ahora se conoce como “Salón Marceliano Santamaría”, (11,12,13) donde en 1795 se habían colocado ocho estatuas de condes y reyes castellanos (procedentes del Palacio Real de Madrid y que no se atrevieron a colocar en él por el excesivo peso que ya tenían las otras colocadas). Fue en el centro del mismo, frente al Ayuntamiento, entre las estatuas de cuatro reyes castellanos, y que son los siguientes: donde se levantó un magnífico mausoleo con un bellísimo pedestal. Además, se mejoró dicho paseo.

Sigue el P. Álvarez describiendo este acto: “El 19 de abril de 1809, una procesión fúnebre, presidida por el mismo general Thiebault y todas las autoridades locales y de ocupación, salió del Consulado y desfiló por El Espolón, hasta depositar los restos en tres cajas, dos de madera y la más interior de plomo, sobre un hermoso pedestal de piedra, planeado e ideado por su ayudante Vallier.

Las fuerzas francesas de ocupación escoltaron y rindieron honores de soberano a los restos de El Cid. Se dispuso que para el 15 de mayo siguiente se hiciese la inauguración del sepulcro, ya que entonces aun no estaba terminado el monumento.

Y, efectivamente, el 15 de mayo tuvo lugar dicha ceremonia, pronunciando un elegante discurso en francés el Conde de Thiebault, y otro en castellano el Intendente Mayor de la Provincia, D. Domingo Blanco de Salcedo, debiendo notarse que el discurso de este último no fue más que una alabanza al general francés, y en cambio el de este constituía una vigorosa y patriótica arenga a los españoles, un encendido elogio de El Cid Campeador y un comentario a las palabras que otro literato francés había grabado en el lado este del monumento QUIBUSCUMQUE TEMPORIBUS, POPULIS LOCIS INCLYTORUM VIRORUM MEMORIA COLENDA EST. “EN TODOS LOS TIEMPOS, PUEBLOS Y LUGARES HAY QUE RESPETAR LA MEMORIA DE LOS VARONES ÍNCLITOS”

Ambos discursos y una nota de lo hecho en aquél día fueron incluidos también en la caja; igualmente se metió dentro una moneda de plata de 20 reales del Rey José y otras cuatro más pequeñas del Emperador, como testimonio de respeto y veneración que hacia el héroe español profesaba el hombre más grande de su siglo: Napoleón Bonaparte.

Este traslado lo realizo el general francés también con la intención de congraciarse con los burgaleses. Pero, expulsados lo franceses, el pueblo de Burgos no deseaba ser el custodio del Cid y Jimena y, dada que se había vuelto a ocupar el monasterio de Cardeña, su abad, deseando también que regresasen a su anterior sepulcro, solicito del Ayuntamiento de Burgos su devolución el 28-V-1826 alegando, además, que era donde el mismo Cid deseó ser sepultado. Aseveración motivada muy probablemente por dar por bueno el testamento citado por el P. Berganza, pero no exenta de razón por lo que ya se ha apuntado sobre este asunto. Concedida esta petición, el 18-VII-1826 se comienza el derribo del monumento (del que no debe existir documento alguno) y se depositan provisionalmente los restos en él contenidos en el Archivo Municipal (14). El 30-VII-1826 se realiza un examen facultativo de los restos, mientras estos son escoltados por las autoridades y varios monjes del Monasterio. Posteriormente, los restos de El Cid y Jimena son expuestos en la Capilla de las Casas Consistoriales desde las siete de la mañana hasta las nueve, prestando guardia de honor los granaderos del Batallón de Voluntarios Realistas, cuatro de cuyos oficiales trasladaron luego la caja a la carroza que la había de llevar al Monasterio (15,16,17), quedando depositados en su capilla.

La comitiva estaba formada por autoridades eclesiásticas, civiles y militares, monjes y muchos ciudadanos que deseaban acompañar a su héroe de regreso a casa; también el tercio de la caballería de los Voluntarios Realistas dio lucida escolta hasta dejarlos a las puertas del cenobio. Mientras tanto los huesos enviados a Francia ya habían regresado.

Poco habría de durar la tranquilidad para tan viajeros restos, ya que en 1835 se promulga la Desamortización de Mendizábal, quedando afectado este Monasterio, que es abandonado por la comunidad excepto por un monje. En 1840 la población de Burgos, a través de una recogida de firmas, solicita del Ayuntamiento que traslade a la ciudad los restos del Cid. Después de superar algunas dificultades se acuerda el traslado para el día 18-VI-1842. A la entrada de Burgos se le tributan honores de Capitán General, con salvas de artillería y toque de campanas de la ciudad. Se introducen en la catedral, donde se reza un responso, pasando a continuación a la capilla de las Casas Consistoriales (18,19,20). En 1843 y 1891 se cambiaron los restos de caja.

Como fruto de la casualidad se llegó a tener conocimiento que el Príncipe alemán Carlos Antonio de Hohenzollern poseía una urna con algún hueso del Campeador y que no tendría inconveniente en devolvérselos a los españoles, siempre que se lo solicitase alguna autoridad del país. Puestos en contacto con él, y realizados los tramites pertinentes, el día 28-I-1883 son entregados al rey de España Alfonso XII. De Madrid fueron trasladados a Burgos y depositados con los demás restos. Esto se realizó con gran ceremonial y mediante una muy brillante procesión desde la estación de ferrocarril, donde fueron recibidos, hasta el Ayuntamiento, donde descansaban los demás huesos. En la procesión, organizada con gran detalle como se recoge en las actas levantadas al efecto, participó toda la ciudad, con representaciones del clero, ejercito y pueblo llano a través de los distintos gremios.

Finalmente, el cardenal Benlloch, Arzobispo de Burgos y, con motivo del VII centenario de la catedral, decide trasladar a ella los restos del Cid y Jimena. Se realizó un grandioso programa de fiestas y se invitó a presidir las ceremonias al rey Alfonso XIII y a la reina. El 18-VII-1921 se cambiaron una vez más los restos del Cid de caja, esta vez a una sencilla de metal y se le instala en la Sala de los Jueces.(21)

El día 21-VII-1921, (22,23) coincidiendo exactamente con el centenario catedralicio, fue el señalado para realizar el traslado a la Catedral, presidiendo los actos el rey. Amaneció radiante y lleno de luz, encontrándose la ciudad totalmente engalanada, incluyendo los balcones de las casas como lo solicitaba un bando de la alcaldía; a las nueve llegó a la Sala de los Jueces el rey, quien dio las últimas órdenes para iniciar la marcha; antes de salir del Ayuntamiento se entonó un responso por el prelado oficiante.

La urna se coloco sobre un armón de artillería y desde el castillo se dispararon las salvas de ordenanza y las bandas de música batieron marcha.

Precedía la Guardia Civil de a caballo, la Infantería, Artillería e Intendencia y Ayuntamientos de pueblos cidianos; seguían las Diputaciones de Burgos y Valencia, senadores y diputados, Arzobispo de Valencia, vestido de pontifical, con todo el clero de servicio, el Nuncio y demás prelados.

A continuación iba el armón a cuyo lado iban el Ayuntamiento de Burgos y el de Valencia; al lado derecho iba a caballo el Capitán General, y detrás, por orden de D. Alfonso XIII, caminaba la compañía del mismo Regimiento de La Lealtad, encargada de tributar los honores, con armas a la funerala y bandera plegada con crespón. Seguía el Monarca a pie, con uniforme de gala de artillería, seguido del ministro Sr, Aparicio, del Infante D. Fernando y demás jefes militares y de palacio; la escolta real cerraba la marcha.

Así desfilaron hasta El Espolón; frente al Ayuntamiento y junto a los cuatro reyes se había instalado previamente una tribuna, en la que estaban la Reina, el Cardenal Benlloch, el Marqués de Bendaña y la Duquesa de San Carlos; frente a ella se detuvo el armón a cuyo lado se puso D. Alfonso, con el Infante y Diputaciones. El Nuncio, Mons. Tedeschini, subió a la tribuna y saludó a la Reina.

Acto seguido comenzó el desfile de tropas con tres generales a la cabeza; duró media hora y constituyó una continua ovación a los reyes por un público inmenso.

Reanudada la marcha, la comitiva entró por el Arco de Santa María, calle Lencería y Puerta del Perdón de la Catedral, a las once menos cuarto.

La urna fue colocada en el crucero de la nave mayor. Seguidamente el Arzobispo de Valencia, Dr. Reig Casanova, ofició una Misa de Réquiem; la oración fúnebre estuvo a cargo del Obispo de Vitoria Dr. Eijo Garay.

Cantado el “Libera me” de Perossi, dio la absolución el Cardenal de Burgos y a continuación se hizo la entrega formal de los restos al Excmo. Cabildo Metropolitano.

Extendida el acta notarial por duplicado, fue firmada por todos los personajes presentes.

Procedióse entonces al enterramiento, (24,25) depositando el sarcófago en medio del crucero, el Infante D. Fernando, el Ministro de Instrucción, el Duque del Infantado, que también tenía el titulo de Conde del Cid, el Marques de Bendaña, el Teniente de Alcalde de Valencia y los Alcaldes de Burgos, Vivar del Cid y Cardeñajimeno.

Según costumbre antigua se había preparado sepultura plana; en el punto céntrico del crucero se había abierto una fosa, lo suficientemente grande para contener la urna y dejar un espacio de medio metro para la circulación del aire y servicios de limpieza.

Dentro, sobre cuatro pies, va una caja de gres esmaltado para preservar la caja de la humedad. La losa sepulcral está colocada a ras del suelo y mide tres metros de largo por uno con nueve centímetros de ancho; es de mármol rojo y en ella está grabada con letras romanas de bronce dorado la inscripción redactada al efecto por el eminente cidólogo Excmo Sr. D. Ramón Menéndez Pidal, y que dice: